Como dice el
viejo proverbio criollo: año nuevo vida nueva. El 2012 pegó
como latigazo y me abatató un poquito, cambie de terapia, deje la compu, y le
sacudí las telarañas a la vieja maquina de coser, me puse a hacer sábanas, fundas y unos cuantos almohadones.
Cuando ya comenzaba a escasear el espacio sobre las camas de las chancletas (demasiados almohadones), se
me dio por hacer alfombras de totora (esas tiritas de telas que los fabricantes
de ropa tiran a la basura y algún “mente rápida” acondicionó en prolijos
ovillos y se hizo la América cuando se pusieron de moda); ya estoy terminando la
segunda y todavía falta una mas, en casa
todo es por tres o múltiplo de tres, las chancletas no me perdonan una y eso
que ya están creciditas.
Pero bueno
todo año jodidamente oscuro tiene su rayito de sol y la Joya nos hizo un regalo
en diciembre, todavía no sabemos si fue por que se hizo largo y agotador, o
especuló con las profecías Mayas de que el mundo se iba a la mierda el 21 de
diciembre, la cuestión es que ese mismo día iniciamos un viaje inolvidable
(aunque te cueste creerlo, a veces me pasan cosas lindas) un crucero
recorriendo la costa de Brasil.
Durante dos semanas fui atendida como reina,
alimentada como mastodonte, hidratada con los mas exquisitos elixires y
entregada a los brazos de Febo. Descubrí lugares paradisíacos, remojé mis
articulaciones en aguas cálidas y tranquilas, conocí personas maravillosas y
pude despedir el año, junto a mi familia, con una fiesta increíble.
Y casi sin
darme cuenta la pesada mochila del 2012 había desaparecido, se borraron las
penas, se curaron los achaques, retorno el optimismo y los 47 se sintieron como de 23 y medio.